El Ferrari que cuesta más de 200.000 libras y que casi nadie podrá tener

Hedley Studios crea solo tres unidades de la Ferrari Testa Rossa J “Lucybelle II”, una obra de arte automovilística eléctrica que recupera la estética, las cicatrices y el espíritu de un icono de Le Mans de 1958

Hay objetos de lujo que se compran por lo que son. Y hay otros que se adquieren por la historia que contienen. La nueva Ferrari Testa Rossa J “Lucybelle II” de Hedley Studios pertenece claramente a la segunda categoría.

No es un Ferrari convencional. Tampoco es exactamente un coche de colección. Es algo mucho más próximo a una obra de arte automovilística conducible, fabricada artesanalmente, licenciada oficialmente por Ferrari y limitada a únicamente tres unidades en todo el mundo.

Y el precio está a la altura de su exclusividad: aunque Hedley Studios no publica una tarifa oficial y ofrece la pieza bajo consulta, The Times estima que el comprador debe prepararse para pagar más de 200.000 libras, es decir, más de 230.000 euros al cambio aproximado.

El lujo de poseer algo que casi nadie puede tener

La verdadera sofisticación de la Lucybelle II no está solamente en su precio. Está en su escasez. Hedley Studios, especialista británico en reinterpretaciones artesanales y eléctricas de automóviles históricos, ha creado únicamente tres ejemplares de esta versión especial. Cada uno reproduce a escala del 75% el Ferrari 250 Testa Rossa que compitió en las 24 Horas de Le Mans de 1958 con el dorsal número 22.

El coche original, identificado con el chasis 0732TR y bautizado Lucybelle II, fue pilotado por los estadounidenses Ed Hugus y Ray “Ernie” Erickson. Terminó séptimo en la clasificación general de aquella edición de Le Mans, convirtiéndose con el paso del tiempo en una de las piezas más evocadoras de la historia de Ferrari en resistencia.

Ahora esa historia vuelve a la vida, pero con una particularidad extraordinaria: Hedley no ha querido recrear el Ferrari como si acabara de salir del concesionario. Ha querido recrearlo como terminó la carrera.

El lujo de la imperfección

Aquí aparece uno de los elementos más sofisticados del proyecto.

La carrocería de aluminio se fabrica artesanalmente a partir de los dibujos originales conservados en los archivos de Ferrari. Pero después llega un proceso todavía más singular: el acabado exterior recibe una pátina envejecida aplicada manualmente durante aproximadamente 100 horas.

La intención es reproducir las marcas, desgaste y aspecto que habría presentado Lucybelle II al cruzar la meta después de una carrera de resistencia. En otras palabras, el cliente no está comprando un coche nuevo que parece antiguo. Está comprando una pieza nueva que ha sido envejecida deliberadamente para parecer una superviviente de Le Mans.

Es una concepción del lujo muy contemporánea: la exclusividad ya no consiste necesariamente en mostrar la perfección, sino en pagar por una imperfección cuidadosamente construida a mano.

Ferrari, pero a escala

La Testa Rossa J mide aproximadamente tres cuartas partes del tamaño del automóvil original, pero la reducción de escala no significa renunciar al nivel de detalle.

La carrocería está realizada en aluminio conformado a mano y mantiene las características visuales del Ferrari de competición de 1958. Las ruedas de 12 pulgadas evocan las Borrani originales y están equipadas con neumáticos Pirelli Cinturato. La suspensión incorpora componentes Bilstein, mientras que el conjunto se completa con frenos Brembo y muelles Eibach.

En el interior aparece el cuero rojo con ribetes blancos y un volante Nardi, mientras que la instrumentación conserva la estética de época aunque adaptada a su nueva naturaleza eléctrica. Porque aquí también está una de las grandes paradojas de esta pieza: parece un Ferrari de 1958, pero conduce como un objeto del siglo XXI.

El Ferrari que no necesita gasolina

Bajo su carrocería histórica no hay un V12.

La Lucybelle II utiliza un sistema de propulsión completamente eléctrico, con varios modos de conducción y una velocidad máxima de aproximadamente 50 mph, unos 80 km/h. La autonomía ronda los 90 kilómetros dependiendo del uso, y precisamente ahí reside parte de su atractivo para el coleccionista contemporáneo.

No pretende competir con un Ferrari moderno en prestaciones. Su valor está en otra parte: en conducir una escultura tridimensional inspirada en uno de los Ferrari de competición más legendarios de todos los tiempos.

Más cerca del arte que del automóvil

Hedley Studios se ha especializado en difuminar la frontera entre automóvil, diseño, artesanía y coleccionismo.

La propia compañía define su actividad como la creación de “driveable works of art”: obras de arte que pueden conducirse, y la Lucybelle II lleva esa filosofía a un nuevo nivel.

Su fabricación combina ingeniería, trabajo artesanal, diseño, historia del automóvil y colaboración con Ferrari. El resultado no está pensado para competir en un mercado masivo, sino para ocupar un espacio mucho más reducido: el de los objetos extraordinariamente escasos que pueden convertirse en piezas de colección.

En ese contexto, las más de 200.000 libras que se estiman como precio de adquisición dejan de parecer simplemente el coste de un automóvil. Son el precio de entrar en un club de tres personas.

Una pieza para coleccionistas que ya lo tienen todo

El verdadero cliente de la Lucybelle II probablemente no sea alguien que busque su primer Ferrari. Es más fácil imaginarla en el garaje de un coleccionista que ya posee deportivos históricos, arte contemporáneo, relojes de alta relojería o alguna de las grandes piezas de la automoción clásica.

Porque aquí la compra no responde a una necesidad. Responde a algo mucho más propio del lujo extremo: el deseo de poseer algo extraordinariamente difícil de conseguir, y ese es precisamente el territorio en el que se mueve Hedley Studios.

Un Ferrari de tamaño reducido. Eléctrico. Artesanal. Con la carrocería deliberadamente envejecida. Inspirado en un coche que compitió en Le Mans hace casi siete décadas. Fabricado en únicamente tres unidades.

Y con un precio que, aunque la marca solo facilita bajo consulta, supera las 200.000 libras según The Times.

En el mercado del lujo, quizá no haya una definición mejor de exclusividad que esta:

no se trata de tener el Ferrari más caro. Se trata de tener uno de los tres que existen.

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